viernes, 28 de junio de 2013

Los perros aprendieron a cruzar la calle


de Enrique Porcellana (Notas) el miércoles, 10 de noviembre de 2010 a la(s) 0:39
 Hace un tiempo viajaba en un taxi por la Av. Rivadavia a la altura del cruce con la calle Yatay, de pronto el chofer hizo una maniobra como queriendo esquivar un bache, o algo así. Al superarlo, miré por mi ventanilla y comprobé que se trataba de un pobre perro muerto. Estaba acostado de lado, como durmiendo la siesta en una tarde de verano. De su boca salía un hilo de sangre rojo amarronada que serpenteaba, por el asfalto hasta el cordón de la vereda confundiéndose definitivamente con el agua mugrienta. Era un hermoso animal, grande, de pelo corto color beige y hocico largo y negro.
Tenía un rictus de dolor, acentuado por unos respetables colmillos, como si la fatalidad lo hubiera sorprendido en un gruñido,final y desesperado hacia el auto que venía a llevarse su vida, ahogando quizás un ladrido de bronca ante tanta mala leche. Llevaba un viejo collar de cuero, lo que hacía suponer, que alguna vez fue mascota (que mal suena esa palabra) o simplemente perro con "cama adentro".
El tránsito hacía cabriolas para evitar pisarlo y sin querer, el centro de la avenida se transformo en efímera capilla ardiente,donde el desafortunado can acaparaba las miradas piadosas y lastimeras de todo el mundo.
En la vereda opuesta, había dos perros sentados mirando shockeados y con los ojos fijos en el cuerpo inmovil, sin comprender el error del amigo.
La imagen del desdichado, me trajo el recuerdo infantil de perros aplastados en el adoquinado de las calles del barrio de Parque Chacabuco. Permanecian  varios dias allí, hasta que las tripas y el cuero peludo terminaban mimetizándose con el gris del granito por las constantes pisaduras de las ruedas. Los chicos nos sentábamos a esperar que algún automovilista desprevenido les pasara por arriba, y cuando esto sucedía, gritábamos y nos retorcíamos asqueados.
Sin embargo, he podido comprobar, que estos fatales accidentes no son tan corrientes como antes, y concluyo que estos fieles amigos deben haber desarrollado, con el correr de las generaciones, algún talento oculto que les ha salvado sus vidas. Talento digo, enriquecido por el estudio, autodidacta por cierto, de la educación vial.
Yo he conocido a un pequeño perro negrito, que cruzaba con singular maestria, el intrincado y peligroso ramillete de esquinas que convergen en el cruce de las avenidas Juan B. Justo y San Martín. El maravilloso can, sabía descifrar las luces del semáforo y utilizando la linea peatonal cruzaba a paso firme y veloz llegando sano y salvo. Yo me pregunto: ¿cómo hacía este animalito para distinguir el verde paso, del rojo peligro?, si los perros, dicen, no distinguen los colores.
Quizás asociando el movimiento de autos y peatones con la posición que ocupan las luces, o a lo mejor, simplemente siguiendo a la gente. Las especulaciones pueden ser múltiples, pero lo que no cabe dudas, es que ha disminuido los perros aplastados en las calles, y ese es un dato muy alentador. Definitivamente estos animales deben haber desarrollado con los años algún tipo de mutación psicogenética, que les ha permitido alcanzar un nuevo conocimiento; en el sentido darwiniano de la superioridad del más apto, de su adaptación a un medio hostil y conflictivo o a lo mejor son más "piolas que antes". Esto quizás escapó a mi análisis, que en realidad, son más los fieles peludos  que eligen una vida más tranquila, en el calor de una casa; una vida más burguesa en términos humanos, con menos peligros y zozobras, que una opción "libertaria", sin amos ni patrones, pero también sin el insustituible hueso con carne ni el insípido plato de Dogui

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